Alejandro la miró. Algo en su rostro cambió. Una grieta en la máscara de locura.
—Tú dijiste que no iba a pasar nada. Que solo era para asustarlos.
—Y no va a pasar nada —dijo Valeria, con una paciencia de maestra—. Ellos se van. Tu te llevás a tu esposa. Todos felices.
—No —dijo Alejandro, y su voz sonó diferente—. No así.
—¿Qué?
Alejandro se apartó de Valeria. Dio un paso hacia la camioneta. Otro.
—Antonia —dijo, y su voz ya no era la del hombre que la había mandado secuestrar. Era otra. Era