El sueño seguía fresco en su memoria, cada imagen más nítida que la anterior, como si su cerebro estuviera reproduciendo una película que había estado guardada en un cajón cerrado durante años. No era como los otros sueños, los fragmentos borrosos que la habían atormentado en las semanas posteriores al accidente. Era real. Era vívido. Era suyo.
Noah no se había movido. Su respiración seguía siendo profunda y pareja, ajena al terremoto que se estaba desatando en el corazón de Antonia. Tenía el r