El sol ya había despuntado del todo cuando Antonia terminó de contarle. Los rayos dorados entraban por los ventanales e iluminaban las partículas de polvo que flotaban en el aire como pequeños diamantes suspendidos en el tiempo. Fuera, los pájaros cantaban con una alegría que contrastaba con la tensión que se respiraba dentro de la cabaña, y el viento movía las ramas de los árboles con un rumor suave que parecía arrullar el silencio.
Noah no la había interrumpido ni una sola vez. Permaneció sen