CAPÍTULO 158: EL SUEÑO

La noche era una presencia espesa que se pegaba a los vidrios de la cabaña como una segunda piel. Antonia había cerrado los ojos hacía apenas unos minutos, o quizás horas, ya no sabía distinguir. El cansancio le pesaba en los huesos como plomo derretido, y la cabeza le daba vueltas con un torbellino de imágenes que no lograba atrapar. La manta gris que cubría a Nael estaba en el borde de la cuna, y ella se levantó a arreglarla con movimientos lentos, automáticos, antes de volver a acostarse.

No
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