Los días siguientes a la reunión en el Santuario fueron una agonía de espera y frustración. Caleb se encerró en el servidor central de la Red, una habitación blindada en el subsuelo del edificio, donde las pantallas cubrían cada pared y el zumbido de los ventiladores era el único sonido. No salía para comer. No salía para dormir. Solo trabajaba, con los ojos fijos en los registros de comunicaciones, los accesos a los servidores, los metadatos de cada mensaje que había circulado en las semanas p