La noche se había instalado sobre la cabaña con una pesadez que no presagiaba nada bueno. La lluvia golpeaba los vidrios con una insistencia hipnótica, y el viento movía las ramas de los árboles contra las paredes, como si el bosque entero estuviera tratando de entrar. Antonia estaba sentada en el sillón de la sala, con la mirada perdida en el fuego apagado de la chimenea. Las brasas brillaban en la penumbra como pequeños ojos rojos, pero ella no las veía. No veía nada. Solo la imagen de Tobías