Los días siguientes a la reunión en el Santuario se volvieron un territorio gris donde el tiempo perdía su sentido y las horas se derretían unas dentro de otras como velas en un horno. Antonia dejó de contar los amaneceres. Ya no sabía si había dormido o si solo había cerrado los ojos un momento antes de que el pánico la despertara otra vez. El insomnio se había instalado en sus huesos como una enfermedad que no daba tregua, royendo sus defensas desde adentro hasta dejarla hueca, liviana, a pun