Las horas que siguieron a la discusión fueron un pozo de silencio y heridas abiertas.
Antonia no volvió a la sala. Se quedó en la habitación de los niños, con Nael dormido sobre su pecho y Leo enroscado a sus pies. La respiración de los pequeños era un rumor suave que subía y bajaba con el ritmo de sus cuerpos, y ella se aferró a ese sonido como un náufrago se aferra a un resto de naufragio. No quería pensar. No quería sentir. Solo quería estar ahí, presente, sintiendo el calor de sus hijos, la