La noche se había espesado como un jarabe oscuro pegado a los vidrios de la biblioteca. El fuego de la chimenea se había reducido a brasas anaranjadas que parpadeaban con un último suspiro, lanzando sombras temblorosas sobre los lomos dorados de los libros viejos. El aire olía a ceniza y a jazmines, ese perfume que siempre le recordaba a Antonia, y que ahora Camila había hecho suyo. Alejandro seguía en su sillón de cuero, con las manos caídas sobre los apoyabrazos y la mirada fija en el vacío,