Alejandro no podía detenerse. Una vez que la compuerta de los recuerdos se había abierto, las palabras fluían como un río desbordado, arrastrando consigo años de culpa, arrepentimiento y una tristeza que creía haber enterrado en lo más profundo de su ser. Hablaba de la primera cena que Antonia le preparó, de cómo él la dejó enfriar mientras atendía una llamada de Natalia. Hablaba de las noches en que ella lo esperaba despierta, con el té humeante sobre la mesa y los ojos llenos de una esperanza