La mañana en la mansión amaneció cubierta por una niebla espesa que se pegaba a los vidrios como una segunda piel. Camila estaba en la cocina, preparando el desayuno de Alejandro con la misma precisión de todos los días. El té humeaba en la tetera de porcelana blanca, y las tostadas esperaban en el plato, untadas con la mermelada de frutos rojos que él prefería. Era una rutina que había perfeccionado en las semanas que llevaba en la casa, cada gesto medido, cada movimiento ensayado.
Pero esa ma