El alta llegó tres días después.
Antonia escuchó la noticia en silencio, las manos apretadas sobre el cuaderno de dibujo. Noah estaba junto a la ventana, los puños cerrados.
—¿Adónde voy? —preguntó.
La doctora Fuentes miró a Noah. Él asintió.
—Noah ha ofrecido su casa —dijo la doctora—. Hasta que se localice a algún familiar.
«Familiar». La palabra le sonó a mentira. Sabía que no había familiares. Solo un esposo que la había dejado sangrando en el suelo.
El auto de Noah era negro, impecable. Ma