La sangre de Noah ya se había secado cuando Antonia terminó de limpiarle la cara.
Estaban sentados en el suelo de la entrada, la puerta cerrada con llave, las luces apagadas. Afuera, la noche se había tragado el auto de Alejandro, pero su presencia seguía flotando en el aire como un veneno que tardaría en disiparse. Las manos de Antonia aún temblaban mientras doblaba la gasa manchada. Las marcas en su muñeca ya eran moradas, cinco dedos impresos en su piel como una firma.
Noah la observaba en s