La neuróloga llegó sin avisar.
Antonia estaba sentada en la cama, el cuaderno de dibujo abierto sobre las piernas, los lápices de colores desparramados a su alrededor. Desde que había dibujado el rostro del anciano, no podía parar. Sus manos se movían solas, trazando líneas que su mente no ordenaba, creando imágenes que no entendía.
Una casa con ventanas grandes. Un jardín lleno de flores. Un par de manos arrugadas sosteniendo una taza.
—Veo que está ocupada —dijo la doctora desde la puerta.
An