El Palacio de Justicia de Ginebra aún humeaba cuando los furgones policiales se alejaban. La victoria legal de Antonia había sido contundente, pero en el mundo del Sindicato, las leyes de los hombres son solo sugerencias escritas en papel mojado. Natalia, esposada y custodiada en el asiento trasero de una patrulla blindada, no miraba el camino hacia la prisión. Sus ojos estaban fijos en el espejo retrovisor, esperando la señal.
No tuvo que esperar mucho.
A mitad de camino hacia la penitenciaría