La fiebre de Nael comenzó como un leve calor en la nuca, una imperceptible rebelión de su pequeño cuerpo contra el mundo. Antonia lo sintió antes de que el termómetro lo confirmara, antes de que el llanto del bebé se volviera agudo y desesperado. Era un instinto enterrado en lo más profundo de su ser, uno que ni la amnesia más profunda podía arrancar. Sus dedos recorrieron la frente del niño, y el calor que encontró la golpeó como un puñetazo en el pecho.
—Noah —llamó, y su voz era un hilo de a