El estruendo de la primera explosión en las puertas laterales del Palacio de Justicia no fue el fin de la audiencia, sino el inicio de una guerra en dos frentes. Mientras el humo comenzaba a filtrarse por las molduras doradas del salón, el pánico amenazó con devorar la cordura de los presentes. Natalia se puso de pie, con una sonrisa desencajada; creía que sus aliados del Sindicato habían llegado para rescatarla de su inminente derrota legal.
—¡Ahí los tienen! —gritó Natalia, señalando hacia el