El Palacio de Justicia de Ginebra se erguía como un mausoleo de mármol gris bajo un cielo que amenazaba con desplomarse en lluvia ácida. Antonia sentía que cada paso que daba sobre el suelo pulido resonaba no solo en los pasillos, sino en el vacío de su propia memoria, que regresaba a ráfagas como latigazos. A su lado, Alejandro Montenegro caminaba con una elegancia gélida, su mano derecha apoyada en un bastón de madera oscura y la izquierda sujetando la cintura de Antonia con una presión que o