El aire gélido de Ginebra golpeó el rostro de Antonia apenas bajó la escalerilla del avión. Sus pasos eran inseguros; sentía una presión insoportable en las sienes, como si el frío estuviera intentando congelar sus pensamientos. Detrás de ella, Alejandro caminaba con la ayuda de un bastón, escoltado por un Noah cuya mandíbula estaba tan tensa que parecía a punto de romperse.
Natalia, que había sido liberada de sus ataduras por orden de Alejandro para evitar sospechas ante las autoridades aeropo