El dolor comenzó justo al caer la noche.
Al principio fue apenas una presión leve en el vientre bajo, un tirón incómodo que me obligó a detenerme mientras caminaba por el sendero embarrado.
Respiré hondo.
Había pasado meses huyendo, moviéndome de un lugar a otro, evitando asentamientos de lobos y territorios de manada. Aprendí a mezclar mi olor con el de los humanos, a caminar entre ellos sin levantar sospechas.
Pero esa noche supe que ya no podía seguir avanzando.
Otro espasmo atravesó mi cuer