La luna se alzaba poderosa sobre mí.
Su luz plateada atravesaba las copas de los árboles mientras corría a toda velocidad por aquel enorme bosque. Las ramas golpeaban mi rostro y el aire frío quemaba mis pulmones, pero no me detenía.
Tenía que seguir corriendo.
Algo me perseguía.
No sabía qué era, pero podía sentirlo. Un instinto profundo me gritaba que no me detuviera, que no mirara atrás.
El suelo húmedo del pantano se hundía bajo mis pies mientras avanzaba entre raíces retorcidas y sombras a