Clara
Mis manos tiemblan tanto que el asa de la taza de porcelana choca contra el plato con un tintineo nervioso, agudo, que delata mi absoluto colapso interno.
Estoy de pie en la cocina, apoyada contra la encimera de mármol frío, mirando fijamente la ventana que da al jardín trasero de la mansión. La penumbra de la noche se traga los árboles, igual que mis propios secretos me están tragando a mí.
Llevo más de veinte minutos aquí abajo.
Veinte minutos desde que Maximiliano subió a la h