Las puertas automáticas del hospital se abrieron con un susurro mecánico, y el mundo les cayó encima.
Primero fue el ruido.
Un murmullo que creció en segundos hasta convertirse en un rugido ensordecedor. Voces superpuestas, gritos, preguntas lanzadas como proyectiles.
—¡Gabriel Strauss!
—¡Mírenlos aquí!
—¿Es cierto que está casado?
—¡Alexandra! ¡Alexandra, por favor!
—¿El bebé está bien?
—¿Es esta la heredera de los Strauss?
Los flashes comenzaron a dispararse sin piedad, uno tras otro, cegadores, invasivos. Alexandra se detuvo en seco al sentir cómo la luz blanca le atravesaba los ojos y el estómago se le encogía de forma instintiva. Su mano fue directo a su vientre, en un gesto casi inconsciente.
Gabriel reaccionó al instante.
Se colocó frente a ella, girando ligeramente su cuerpo para cubrirla, y pasó un brazo firme alrededor de sus hombros, atrayéndola contra su pecho como si quisiera esconderla del mundo entero.
—No mires —le murmuró, inclinado hacia ella—. Mírame a mí.
Alexandra