—Señor, no puede entrar sin registrarse.
La voz del personal de seguridad sonó firme en el pasillo, pero apenas terminó la frase, la puerta de la habitación se abrió de golpe. El sonido seco hizo que Alexandra se estremeciera y que Gabriel levantara la mirada de inmediato, el cuerpo tensándose como un resorte a punto de saltar.
—Puede quedarse —dijo Gabriel sin apartar los ojos del recién llegado.
Su tono no dejaba espacio a discusión. Había tomado la decisión horas atrás: nadie volvería a acercarse a Alexandra sin su consentimiento. La seguridad ya no era una opción, era una necesidad.
El hombre que había entrado dio un paso más dentro de la habitación y, al quedar bajo la luz, Alexandra abrió los ojos con sorpresa.
—¿Mark…? —murmuró.
Mark estaba despeinado, con el abrigo mal puesto y el rostro desencajado. Tenía los ojos enrojecidos, como si hubiera conducido sin parpadear desde que recibió la noticia. Al verla en la cama, con el hombro vendado y cables rodeándola, se le apretó el p