Gabriel se sentía decepcionado.
La palabra le pesaba en el pecho como una losa mal colocada, una que no terminaba de asentarse y aun así dolía con cada respiración. Había creído —por primera vez en muchos años— que algo estaba funcionando. Que Alexandra, con su torpeza elegante y su sonrisa desafiante, había comenzado a abrir una grieta en la muralla que él llevaba levantada desde hacía demasiado tiempo.
Pero no.
Todo había sido una distracción. Una ilusión peligrosa.
Le dio un largo trago a