CUARTO MES
Alexandra ya tenía dos meses de embarazo. Su pequeño bebé crecía fuerte, sano, como si se aferrara a la vida con la misma determinación que ella había aprendido a desarrollar en el circo. Gabriel aún no sabía que estaba esperando un hijo suyo, y la ironía le pesaba en el pecho: la relación entre ambos nunca había estado tan sólida… justo cuando faltaban solo dos meses para que todo terminara.
Se agachó con cuidado y acarició la mano del pequeño mono que se asomó entre los barrotes. El animal chilló suavemente, como si la reconociera, y ella sonrió. Había conectado tanto con los animales que visitarlos se había vuelto un ritual diario, casi sagrado.
La llama, aquella que en un inicio parecía odiarla, se acercó con calma. Alexandra estiró la mano y le acarició la cabeza. El animal, dócil, apoyó el hocico contra su vientre ligeramente abultado, arrancándole una risa suave.
—Lo sé… —murmuró—. Tú también lo sientes, ¿verdad?
—Qué escena tan enternecedora.
La voz cortó el momento