El viaje había sido largo, incómodo y agotador, pero aun así, cuando Alexandra bajó del autobús y vio el atardecer teñir de tonos dorados y anaranjados el cielo de Freeport, supo que había valido cada maldito segundo. Se quedó quieta unos instantes, con la maleta a un lado, respirando hondo. El aire limpio y salado se abrió paso por sus pulmones, distinto, liviano… libre.
Freeport.
El primer lugar al que Gabriel la había llevado el día que se casaron. Recordó sus risas caminando por las calles,