El viaje había sido largo, incómodo y agotador, pero aun así, cuando Alexandra bajó del autobús y vio el atardecer teñir de tonos dorados y anaranjados el cielo de Freeport, supo que había valido cada maldito segundo. Se quedó quieta unos instantes, con la maleta a un lado, respirando hondo. El aire limpio y salado se abrió paso por sus pulmones, distinto, liviano… libre.
Freeport.
El primer lugar al que Gabriel la había llevado el día que se casaron. Recordó sus risas caminando por las calles, la forma en que él le señalaba cada rincón como si quisiera regalárselo todo. En aquel entonces había soñado con una vida tranquila allí, en los suburbios silenciosos, lejos del ruido constante del circo. Ahora ese sueño volvía, pero transformado.
— Aquí vas a estar bien —susurró, llevándose la mano al vientre—. Aquí nadie nos va a lastimar.
No tenía tiempo para nostalgia. Lo primero era lo primero.
Entró a una pequeña inmobiliaria de fachada blanca y ventanales amplios. Una campanilla sonó al