El bosque se sentía más denso de lo habitual. Avancé con cautela por los alrededores del pueblo mientras el sonido de nuestras pisadas sobre las hojas secas me ponía los nervios de punta.
—Es verdad —susurré, deteniéndome un segundo para agudizar el oído. El lamento era real, un sonido lastimero y constante que cortaba el silencio de la noche—. ¿Cuánto tiempo llevas escuchándolo, Lilia?
—En realidad, dos días —respondió ella, en un susurro, aferrándose al borde de mi camisa—. Al principio e