—Seth, no entiendo. Hace un momento estabas enojado por lo que le pasó a Zoé. ¿Por qué ahora? —cuestioné, frunciendo el ceño.
Seth dejó el pastel sobre la mesa de madera con una serenidad que me ponía los pelos de punta.
El silencio en la cabaña era denso. Sin dejar de mirarme, comenzó a caminar hacia mí con un paso lento y seguro, manteniendo las manos metidas en los bolsillos de su pantalón.
—No soy tonto, Eloise —habló—. Sé que no conoces a ninguna bruja. Ni siquiera Magnus las conoce. Se