No tenía idea de quién o qué estaba forzando a Zoé a bajar la cabeza frente a mí, pero decidí que no iba a desperdiciar ese regalo.
Verla allí, tan vulnerable y despojada de su arrogancia, hizo que una chispa de satisfacción recorriera todo mi cuerpo.
Una sonrisa lenta y llena de malicia se dibujó en mi rostro, el odio que sentía por ella encontró el desahogo que tanto necesitaba.
—¿Qué pasa? ¿Por qué te arrodillas de esa forma delante de mí? —inquirí, fingiendo compasión—. Eso solo demuestr