Cuando la luna llena iluminó el cielo en su cénit, una carreta se apostó frente a las puertas de la ciudadela. Escoltadas por guardias, una a una las jóvenes escogidas como sacrificio fueron subiendo. No lloraban, no se resistían o lamentaban.
Tal serenidad no se debía a que se hubieran resignado al destino que las aguardaba ni mucho menos, ellas ya no eran conscientes de cuanto ocurría. La poción administrada, preparada por el curandero a petición del rey, además de facilitar la entrega y amin