Pronunciar aquel nombre era como nombrar a alguien que llevaba largo tiempo muerto. Ah-um no se había convertido en el hombre anciano que debía ser ni había vivido la vida que añoraba conseguir cuando partió de su lado; Ah-um ya no era humano.
—¿Qué pasó?... ¿Por qué? —preguntó Desz, viendo entre sus manos aquel joven rostro que vivía en sus memorias.
¿Una nueva ilusión? ¿Acaso su dolor ya se había convertido en locura? Era un castigo, sin dudas.
—Lo intenté, Desz.
Era su voz. La voz del niño