El joven guardia en la torre de vigilancia bostezó por segunda vez. Su puesto en el alto castillo de la ciudadela amurallada le permitió ser el primero en verlo. Esperaba con ansias la salida del brillante sol para el cambio de turno, pero aquella mañana el sol tardaría un poco más en derrotar a la oscuridad de la noche.
Desde el horizonte y por entre los cerros se alzó una columna de humo negro que no tardó en invadir con sus tinieblas el cielo. En la casa de los Tarkuts, Ribon, parada ya firm