El Tarkut y la princesa avanzaban sin decir palabra por un sendero. El andar de Lis era lento y ruidoso. Los zapatos mojados le pesaban, al igual que las ropas. Desz, en cambio, parecía deslizarse sobre el suelo, sin hacer el menor ruido, tanto así que, en varias ocasiones, la princesa miró por sobre su hombro para comprobar que continuaba tras ella.
De los caballos nunca más supieron. Bastante veloces habían resultado ser cuando lo que los gobernaba era el miedo.
El sol abrasador había llega