—¡Por favor, no lo hagas! —imploró Lis, ubicándose entre Desz y su futura presa.
Temblaba. Los recuerdos del cochero y de los otros hombres siendo atacados se derramaron en su mente, pero allí estaba, dispuesta a ir en contra de la criatura, creyendo que podía hallar en él algo de piedad.
—¡Te ordené que regresaras al palacio!
—¡No lo haré, no dejaré que lo mates! ¡Yo puedo conseguir sangre para ti, no tienes que hacer esto! —insistió.
Su mirada estaba llena de convicción; su corazón le sup