Recién después del mediodía se sintieron las pisadas de Lis por el castillo. Ojerosa, vagaba sin ánimos, como un fantasma. El brillo de sus ojos había vuelto a extinguirse.
Fue a sentarse en la pileta seca del patio frontal. Al poco rato llegó Arua y se sentó junto a ella.
—Hola, Lis.
—Hola —respondió la princesa, por mera cortesía.
Había un árbol cerca del muro. Sus secas ramas retorcidas se extendían hacia ella como ofreciéndole un abrazo. Era una invitación a marchitarse inexorablemente com