Todavía atrapada y atraída por la aterradora presencia de aquel ser que había aparecido ante sus ojos, Lis estuvo lo suficientemente cerca de él como para que volviera a olerla. Le olió el cuello, el cabello, el rostro, los labios, que no se apartaron ni para gritar. En aquel bosque silencioso no había lugar para los gritos.
Pronto a la hambrienta criatura no le bastó con oler y la abrazó. El frío glacial de su cuerpo le entumeció la carne, haciendo temblar la piel húmeda y desnuda. El agarre n