Desz abrió los ojos sorprendido de no hallarse en una celda o en la calidez húmeda de la cueva. Pelear con un Dumas en territorio humano no era bueno y menos si se trataba del reino de su enemigo.
Estaba en un lecho suave y blando. La luz de la luna iluminaba con un resplandor plateado la habitación, que olía a flores frescas, jazmines quizás. No estaba seguro. Lo que sí sabía era que ese mismo aroma era el que se desprendía del cabello de la humana cuando irrumpió con su ruido en su tranquilo