28. El veneno de la discordia
La mansión estaba sumida en un silencio sepulcral, roto solo por el choque de la cubertería contra la porcelana. Víctor, sentado en la cabecera, observaba a la pareja con una sonrisa depredadora.
—Marcel, Giselle —dijo Víctor, dejando su copa vacía—. Han sido dos semanas infernales para la corporación. Un brindis por la resiliencia.
Giselle tomó la copa. Su mano temblaba levemente.
—Resiliencia es una palabra amable para el desastre, Víctor.
—Basta, Giselle —interrumpió Marcel, con voz tensa—.