29. El despertar de la culpa
El amanecer se filtraba por las persianas de la oficina de Giselle, convirtiendo las partículas de polvo en pequeñas estrellas doradas. Pero para ella, la habitación se sentía como una celda. Rebeca, sentada frente a ella, la observaba con una mezcla de horror y fascinación.
—¿Estás diciéndome que tu suegro, literalmente, los drogó? —preguntó Rebeca, con los ojos desorbitados.
Giselle se cubrió el rostro con las manos, respirando con dificultad.
—No fue solo eso, Rebeca. Fue la forma en que él