Bajo con prisa las escalinatas hacia la primera planta. Espero en medio del vacío y silencioso lugar que solo está iluminado por la tenue luz de las velas. Por suerte ya viene Gabriel, por lo que me dirijo hacia él.
—Te tardaste. —Lo miro a los ojos, con algo de enojo.
—¡Maldición! ¿Qué ha sido eso? —Se pone en guardia.
Yo frunzo el ceño al no comprender su comportamiento.
—¿Qué? —Me acerco de nuevo.
—Deja de bromear, Opal. ¿Dónde estás? Sal ya, no te escondas... —Mira hacia todos los