Elizabeth se pintó los labios con delicadeza y roció sobre su piel el perfume más caro que tenía. A pesar del encierro, su armario estaba lleno de lujos; Xavier se encargaba de que no le faltara nada.
Él se acercó y rozó su nariz con suavidad sobre la mejilla de ella.
—¿Ya estás lista?
—¡Sí! Completamente —respondió Elizabeth con un suspiro largo, antes de girarse hacia él y extenderle la mano.
Minutos después, ambos llegaron al bar tomados de la mano, provocando un murmullo general entre los