EPILOGO
Xavier, al verla, sintió que era el hombre más afortunado del mundo. Aunque Elizabeth lo visitaba de vez en cuando, encontrarla allí, esperándolo justo en el momento de su liberación, le llenaba el pecho de satisfacción y alivio.
—Elizabeth... —susurró, apenas conteniendo la emoción.
—¿Estás listo? —preguntó ella, con la voz temblorosa por los nervios.
—Sí. Han pasado cinco años, pero te juro que siento como si hubiera sido toda una vida.
—Lo sé... también para mí fue una eternidad. ¿