Tres meses después.
Noventa días encerrado en prisión. Noventa días sin ver a Elizabeth ni a sus hijos. No había vuelto a contemplar la luz del sol, solo las paredes grises y heladas de aquel penal. Pero eran cinco años, nada más. Y Dante, su leal secuaz, había recibido una condena de tres por complicidad.
—La sacamos barata, señor —dijo Dante, encendiendo un cigarrillo y llevándoselo a los labios.
—¿Desde cuándo fumas? —preguntó Xavier, arrugando la nariz por el olor.
—Desde que soy un preso.