Una oportunidad.
Eso era todo lo que Sebastián Castellan tenía antes de que Fenrik y yo lo despedazáramos.
Una sola.
Observé cómo las brujas se movían alrededor del salón central de la fortaleza, ajustando los sellos, murmurando palabras que no me gustaba escuchar y evitando mirarme demasiado. Inteligentes. Al menos entendían que el menor error podía costarles la garganta.
Lila estaba a unos pasos de mí, sentada dentro del círculo principal con nuestros cachorros contra su pecho. No los soltaba