No sabía cuánto tiempo llevaba encerrada dentro de mí.
Podían ser días.
Podían ser años.
Podía ser una eternidad completa repetida en círculos hasta que mi mente aprendiera a romperse de formas nuevas.
Allí no existía descanso. No existía sueño. No existía silencio verdadero.
Solo recuerdos.
Mis recuerdos.
Mis errores.
Mis castigos.
Y ella.
Eri.
La criatura que vivía en mi sangre, en mis huesos, en cada rincón de mí que alguna vez creí mío. Al principio pensé que era poder. Una señal de que yo