Nunca imaginé que el llanto de un bebé pudiera hacerme sentir miedo.
No era el miedo que se siente frente a una espada o ante un enemigo más fuerte. Era algo distinto. Más difícil de sostener. Miraba a aquellos dos niños envueltos en mantas y no podía dejar de preguntarme qué clase de hombre era por haber sido capaz de llevarlos hasta este lugar.
La fortaleza polar estaba casi abandonada. Los muros tenían grietas, las ventanas estaban cubiertas de escarcha y el frío entraba por todas partes. La