Capítulo 31 POV Lila

Cassiel no se movió.

Ni siquiera respiró durante unos segundos.

Luego cerró los ojos, como si intentara escuchar algo, sentir algo, encontrar en mí una señal diminuta que confirmara lo que mis palabras acababan de poner sobre la mesa.

Sonreí contra su cuello.

—No vas a escuchar nada todavía.

Él abrió los ojos.

—¿Por qué?

—Porque pasó justo anoche.

Su mirada volvió a mi rostro, y durante un instante el guerrero, el alfa, el hombre que todos temían, desapareció por completo. Solo quedó Cassiel. Mi Cassiel. El que parecía no saber qué hacer con una felicidad demasiado grande para caberle en el pecho.

—¿Está segura?

—Si Ciri está segura, entonces debe ser verdad.

La tristeza no desapareció por completo de sus ojos, pero algo parecido a una sonrisa nació en su boca. Me besó con más cuidado del que yo podía soportar, como si de pronto yo fuera algo sagrado, algo que sus manos no se atrevían a reclamar con la misma fuerza de siempre.

—Regresaré —murmuró contra mis labios.

Yo cerré los ojos.

—Más te vale.

Horas después, Cinthia y yo llegamos a campo abierto.

El lugar estaba lo bastante lejos de la manada para que el silencio pareciera real. El viento movía la hierba alta y, por primera vez en días, no había muros, ni miradas, ni pasillos donde los secretos pudieran esconderse. Solo cielo, tierra y una mentira que ya no podía sostener por más tiempo. Sobre todo porque Ciri se había prestado ayudarme solo por la vida que se formaría en mi vientre.

Cinthia caminaba a mi lado con una bolsa cruzada al hombro y una paciencia que me recordó demasiado a la de mi madre.

—El Alfa dijo que no debía dejarte sola ni un momento mi Luna—comentó—. También dijo que si usted intentaba hacer algo imprudente, debía recordarle lo que le revelo esta mañana.

La miré de reojo.

—¿Y tú piensas obedecerlo?

—Depende de qué tan imprudente sea lo que piensa hacer.

Me detuve.

Ella también.

Durante unos segundos, solo nos miramos en silencio.

—No estamos aquí para practicar mi transformación —dije.

Cinthia parpadeó.

—Lo imaginé.

—Tengo una misión que cumplir, y debo hacerlo antes de que Cassiel llegue a Boca del Río.

Su rostro perdió color.

—¿Cómo sabe eso?

—Es igual que con Roy… ¿o acaso tú no conoces todos sus movimientos?

Cinthia abrió la boca, la cerró y luego soltó una risa breve, sorprendida.

—Mi Luna, con todo respeto, a veces das más miedo de lo que aparentas. Definitivamente no eres solo humana.

—Eso espero.

—También eres más inteligente de lo que muchos creen, — hizo una pausa antes de agregar. — El Alfa incluido.

La frase me dolió porque me dolía haberle mentido a Cassiel.

Cinthia apretó la correa de su bolsa.

—Quizá debería dejar que él resuelva esto por sí mismo.

—No temo por Sebastian.

Ella me miró con atención.

—¿No?

—Sebastian no puede matar a Cassiel. Puede herirlo, provocarlo, pero no destruirlo.

—Entonces ¿qué teme? ¿Por qué no deja que el Alfa se encargue de esta situación? El solo quiere vengarla.

Miré hacia el cielo abierto.

—Temo lo que está pasando dentro de él. Esa obsesión que Cassiel cree que puede llamar protección, esa necesidad de anticiparlo todo, de controlar cada amenaza, de destruir cualquier cosa que pueda tocarme. Lo amo, Cinthia, pero no estoy ciega. Si llega a Boca del Río con esa oscuridad encima, Sebastián no necesitará vencerlo. Solo tendrá que empujarlo un poco más para que enloquezca.

Cinthia guardó silencio durante tanto tiempo que pensé que no iba a responderme.

Entonces metió la mano en su bolsa y sacó un cuaderno viejo, cubierto por una cinta oscura.

—Hay algo que debe ver.

Lo tomé despacio.

—¿Qué es esto?

—Algo que nunca debí tomar.

La miré.

—Cinthia.

—Lo encontré hace tiempo, mientras limpiaba una habitación a la que casi nunca se le permite entrar a nadie. Roy y yo ya habíamos notado ciertas cosas del Alfa. Sus patrones, sus silencios, la forma en que repetía decisiones en su cabeza antes de ejecutarlas, como si necesitara tener diez finales preparados para una sola conversación. El siempre a sido obsesivo cuando algo se le mete a la cabeza.

Bajé la vista al cuaderno.

—¿Es un diario? — no pude evitar una sonrisa nerviosa. —¿Desde cuándo empezó a escribir en el Cassiel?

Cinthia sonrió apenas.

—No es exactamente un diario. Es más, una bitácora. Pensamientos, estrategias, notas, obsesiones el Alfa convertido en tinta.

Pasé los dedos por la cubierta.

—¿Lo leíste todo?

—No. No me atreví. Pero leí lo suficiente para entender algo importante.

—¿Qué?

Cinthia sostuvo mi mirada.

—El Alfa Cassiel puede ser obsesivo, mi Luna. Puede ser peligroso cuando ama porque no conoce medias medidas, pero también tiene un corazón inmenso. Uno que ha estado defendiendo a todos durante tanto tiempo que ya no sabe cómo pedir que alguien lo defienda a él.

El pecho se me cerró.

Apreté la bitácora contra mí.

—Gracias.

—No me agradezca todavía. Si Roy se entera de que le di esto, me va a mirar con esa cara de decepción silenciosa que es peor que un regaño.

—Entonces será mejor que regresé de Boca del Río con una buena excusa de cómo encontré esta bitácora.

Cinthia tragó saliva.

—¿Está segura de esto?

Miré hacia el horizonte, hacia la dirección donde sabría encontraría a Sebastián.

—No.

Ciri se movió dentro de mí como una sombra, poderosa e impaciente.

No dije nada más.

Dejé que el poder de la conversión me abrazara. Mi piel ardió cuando las primeras escamas negras comenzaron a cubrirme. Cinthia retrocedió, no por miedo, sino por respeto, mientras mi cuerpo cambiaba, se alargaba, se rompía y renacía bajo la luz del día.

Mis alas se desplegaron con un golpe inmenso contra el aire.

La hierba se inclinó a mi alrededor.

Ya no era solo Lila era una con Ciri.

Apreté la bitácora de Cassiel entre una de mis garras, cuidando de no romperla.

Luego alcé la cabeza hacia el cielo.

Y sin mirar atrás, emprendí el vuelo rumbo a Boca del Río.

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