Cassiel no se movió.
Ni siquiera respiró durante unos segundos.
Luego cerró los ojos, como si intentara escuchar algo, sentir algo, encontrar en mí una señal diminuta que confirmara lo que mis palabras acababan de poner sobre la mesa.
Sonreí contra su cuello.
—No vas a escuchar nada todavía.
Él abrió los ojos.
—¿Por qué?
—Porque pasó justo anoche.
Su mirada volvió a mi rostro, y durante un instante el guerrero, el alfa, el hombre que todos temían, desapareció por completo. Solo quedó Cassiel. M