Capítulo 32 POV Lila

Antes de llegar a Boca del Río descendí porque quería pasar desapercibida, pero aquello resultó ser muy inconveniente porque me llevó horas llegar hasta el palacio, y cuando por fin lo logré ya era de noche.

Aun así, me bastó una sola mirada para entender que Sebastián no había organizado una simple celebración. El palacio estaba lleno de vida, de luces, de gente y de tanto movimiento para una fiesta común, y algo dentro de mí supo de inmediato que aquello no era una celebración, sino una distracción.

—Logramos llegar antes que Cassiel, así que podemos matar a Sebastián antes de que llegue.

—No podremos hacer nada si sigues sin poder controlarte —murmuré.

Ciri no respondió con palabras.

Sino con una violencia interna que provocó que tuviera que apretar los puños para evitar que unas pequeñas escamas negras comenzaran a aparecer sobre mis dedos.

Cuando logré recuperar el control, confirmé que Sebastián había abierto las puertas del castillo a todo el reino, y precisamente por eso logré infiltrarme sin que nadie me detuviera, mezclándome entre desconocidos mientras mantenía la cabeza baja y el corazón peligrosamente acelerado.

Y entonces lo vi.

Estaba de pie en el centro del gran salón, vestido de negro, con una copa entre los dedos y una sonrisa que habría engañado a cualquiera que no conociera la oscuridad que escondía detrás.

Y como si pudiera sentirme.

Como si supiera que alguien había venido por él, no dejaba de ver sobre su hombro.

Me oculté detrás de una columna, respirando despacio mientras lo observaba.

—Nos siente… —le susurré a Ciri.

Y fue entonces cuando Ciri despertó de verdad.

—Transfórmate y quémalo todo.

Mi pecho ardió.

—No.

—Quémalos a todos.

Cerré los ojos.

—Cállate, no vinimos a cometer una matanza. Estamos aquí solo para matar a Sebastián antes de que Cassiel llegue.

Pero Ciri no era la clase de criatura que obedeciera.

Sebastián abandonó el salón cerca de medianoche, moviéndose con tanta naturalidad que cualquiera habría pensado que simplemente necesitaba tomar aire, pero yo sabía que posiblemente no podría más con la sensación de sentirse observado.

Y lo seguí.

Hasta llegar al sendero que conducía al acantilado.

El viento era más fuerte allí.

El mar rugía abajo como si supiera que algo estaba a punto de romperse.

Sebastián se detuvo.

Y yo salí de entre las sombras.

El color desapareció de su rostro.

—¿Lila… eres tú?

No respondí de inmediato.

Solo lo miré.

Y durante unos segundos ninguno habló.

—Sabes por qué estoy aquí —dije finalmente.

Sebastián dio un paso hacia mí.

—Lila, yo puedo explicarlo. No sé qué te haya dicho Elena, pero es mentira.

—Entonces empieza por decirme tu supuesta verdad.

Su expresión cambió.

—No sé por qué me hablas así. Tú eres mi prometida, deberías confiar en mí.

Lo miré sin pestañear.

—Sé sobre mi secuestro, — le dije mientras el guardaba silencio. —Sé que les ordenaste a esos hombres que abusaran de mí y no tuvieran compasión.

Sus manos se cerraron.

—Y sé sobre mis padres. Tú los mataste.

—Lila…

—Habla. Quiero saber cuál es tu patética excusa por haberme traicionado.

Sebastián tragó saliva.

—Yo no planeé tu secuestro, — dijo y no le dije nada. —No permití que te tocaran por gusto o para lastimarte.

Seguía sin moverme.

—Y no maté a tus padres.

Esa…

Esa fue la única frase que sonó verdadera.

Lo sentí, y Ciri también, pero no fue suficiente para borrar el resto.

—Si tu no mataste a mis padres. ¿Entonces dime quién lo hizo?

Sebastián bajó la mirada.

—Elena.

Mi respiración se detuvo.

—Ella perdió el control. Las cosas se salieron de sus manos y pareció como si dejara que su ira hiciera el resto.

—Quémalos a todos —Ciri volvió a gritar dentro de mí.

Mis manos comenzaron a temblar. Yo no quería lastimar a nadie más, solo a Sebastián, pero era como si la ira de Ciri se apoderara de mi cuerpo.

—Hazlos arder.

Las escamas comenzaron a aparecer y desaparecer sobre mis brazos como destellos negros.

Sebastián lo vio y en lugar de retroceder como lo haría un hombre normal, sonrió.

—Siembre he sabido que eres especial —dijo mientras daba un paso hacia mí—. No tengo idea de cómo es posible, pero con alguien como tú a mi lado, incluso los vampiros y los lobos terminarían respetando a los humanos.

—Sebastian…

—Todavía te amo, nunca he dejado de hacerlo, ni cuando creí en Elena.

Mi estómago se revolvió.

—Todo lo hice por nosotros. Nuestro destino sigue siendo estar juntos.

Dentro de mí, Ciri rugió con tanta fuerza que humo escapó de entre mis labios.

—¡Mátalos a todos! ¡Destruye esta maldita ciudad!

Sentí el fuego acumulándose.

Sentí el pecho ardiéndome.

Sentí cómo las llamas querían salir.

Pero no podía.

No podía transformarme y dejar que Ciri tomara el control. Había gente inocente.

Así que contuve el fuego, y el dolor fue brutal. Caí de rodillas. Era como si contener la furia de Ciri se mezclara con mi ira hacia Sebastián y me causara daño.

—Lila. ¿Estas bien?

—¡Cállate!

Levanté la mirada con los ojos ardiendo.

—Elena no me dijo nada. Yo escuché todo. Así que deja de mentir.

Sebastián palideció.

—¿Qué?

—Antes de cambiar mi lugar con Elena y partir a Umbra Noctis, — esta vez fui yo quien dio un paso hacia él. —Escuché cómo planeaste mi secuestro. Escuché cómo me traicionaste porque pensaste que yo le hacía daño a Elena.

Mi columna ardía a más no poder.

Mis pupilas parpadeaban entre humanas y de dragón.

Parte de mí quería seguir protegiendo a la gente inocente, mientras que la otra quería incendiar Boca del Río.

—Lila, escúchame…

La mano de Sebastian rozó mi rostro y antes de que pudiera apartarme intentó besarme.

Lo empujé con tanta fuerza que retrocedió varios pasos.

—Ningún hombre que no sea Cassiel volverá a tocarme.

Su rostro se endureció. Entonces llevé una mano hasta mi vientre.

—Y mucho menos ahora, cuando su hijo está creciendo dentro de mí.

Algo se rompió dentro de él.

Lo vi en sus ojos.

La cordura que había estado aparentando durante el baile terminó de morir.

—No…

Retrocedí por primera vez temerosa.

—Sebastián…

—¡NO!

Entonces, me empujó y caí por él acantilado. Logrando sujetarme del borde con ambas manos. Debajo el fondo parecía destellar como si un fino velo lo cubriera y comenzara a abrirse.

El miedo me arrancó un grito interno.

—¡Ciri! ¡Necesitamos transformarnos! ¡Ahora!

No hubo respuesta.

Nada.

—¡Ahora!

Nada.

De pronto dejé de sentirla y comprendí que, aunque ambas estábamos unidas en espíritu, era como si emocionalmente nos hubiéramos separado. Porque, aunque la sentía en mi interior intentando alcanzarme, el caos en nuestros corazones no permitía que pudiera convertirme en una dragona.

Entonces mis dedos comenzaron a resbalar mientras el mar rugía abajo y aquel velo se comenzaba a abrir.

Haciéndome comprender el verdadero horror.

Había venido sola.

La mayor parte de mí era humana y, si caía, podía morir.

Ciri y yo podíamos perderlo todo.

A Cassiel, nuestro bebé y sobre todo la posibilidad de formar junto con ellos a nuestra familia.

Ciri rugió dentro de mí.

No de rabia sino de terror.

Sebastián me observaba desde arriba…

Horrorizado.

Mis dedos resbalaron.

Uno a uno y entonces…

Caí.

Mientras el rugido desesperado de Ciri retumbaba desde el interior de mi ser, haciéndole saber con eso a Cassiel que aquel era nuestro final.

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