Capítulo 23 Sebastián

Durante la mayor parte de mi vida creí que incluso las decisiones más crueles terminaban encontrando sentido con el tiempo, y mi padre se aseguró de que entendiera aquello mucho antes de que yo portara la corona. Por eso todavía podía recordar con absoluta claridad la tarde en que mencionó por primera vez el apellido Whitmore.

—Algún día te casarás con una de las hijas del duque Whitmore —dijo mientras revisaba unos documentos como si estuviera hablando del clima y no del resto de mi vida.

Recuerdo haber soltado una risa arrogante, propia de un muchacho que todavía confundía juventud con invencibilidad.

—¿Y si no me interesa ninguna de ellas?

Mi padre ni siquiera levantó la vista.

—Entonces aprenderás de la forma más cruel posible que un rey no siempre tiene el privilegio de elegir a su reina.

Aquellas palabras me acompañaron durante años, y durante esos mismos años hice todo lo posible por mantenerme lejos de ambas hermanas. Sin embargo, el destino siempre encuentra la forma perfecta de colocar cada pieza en su lugar, porque el día en que fui traicionado por mi propio hermano y arrojado al río para morir, fue un ángel quien me rescató. No pude ver su rostro con claridad, apenas recordar el calor de sus manos antes de perder el conocimiento, pero cuando desperté en tierra firme, el mismísimo duque Whitmore, padre de las dos mujeres a quienes había evitado durante tanto tiempo, se encargó de revelarme quién había salvado mi vida.

—Mi hija Lila, su majestad. Ella fue quien lo rescato.

Le creí sin cuestionarlo y, antes de darme cuenta, ya había construido un altar alrededor de aquella mujer, declarando ante todos que me casaría con ella. ¿Cómo no hacerlo? No solo parecía haber arriesgado su vida por la mía, sino que además siempre se había esperado de mí que desposara a una de las hijas del duque Whitmore para fortalecer mi posición como rey.

Por eso, aquella noche, durante el banquete de nuestro compromiso, no había una sola parte de mí que no estuviera convencida de que el destino, por una vez, finalmente estaba de mi lado. El vino corría con abundancia, y yo había bebido lo suficiente como para sentirme más hombre que rey.

Cuando abandoné el salón y regresé a mis aposentos, solo pensaba en Lila, en mi futura reina, en la mujer que creía me había salvado la vida. Ni siquiera tuve tiempo de encender las velas.

—Sebastián…

Mi corazón golpeó con fuerza contra mis costillas.

Sonreí incluso antes de girarme.

—Lila…

La figura frente a mí no respondió con palabras.

Y cuando sus labios encontraron los míos…

Dios.

—No tienes idea de cuánto soñé contigo.

La desvestí con una devoción que jamás había entregado a ninguna mujer, completamente consumido por el deseo… hasta que una verdad incómoda se abrió paso entre la pasión, una certeza que mi cuerpo reconoció antes que mi mente.

No era virgen.

Por un instante pensé en detenerme y exigir respuestas, pero el deseo fue más fuerte, y terminé consumando aquella unión convencido de que al amanecer todo tendría sentido.

Qué idiota fui.

Cuando abrí los ojos a la mañana siguiente, la paz apenas me duró unos segundos… hasta que giré el rostro.

La mujer desnuda entre mis sábanas no era Lila.

Era Elena.

Sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones mientras me incorporaba de golpe, incapaz de creer lo que estaba viendo.

—No…

Mi propia voz sonó irreconocible.

—No… ¿qué demonios…?

Elena abrió los ojos lentamente, y durante un segundo… uno solo… juraría que vi satisfacción.

Pero desapareció tan rápido que terminé convenciéndome de que lo había imaginado.

Entonces sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Sebastian… por favor…

—¿Dónde está Lila?

Mi voz salió más fría de lo que pretendía.

Elena bajó la mirada mientras sujetaba la sábana contra sus pechos desnudo.

—No quería que esto ocurriera así.

—Entonces explícame por qué desperté contigo y no con mi prometida.

Sus hombros comenzaron a temblar.

—Porque… porque fui yo quien te sacó del río. Soy yo la que esta enamorada de ti. Desde que te vi en el rio supe que tu eras mi destino.

Mi mundo entero pareció detenerse.

—¿Qué acabas de decir?

Elena cerró los ojos mientras una lágrima recorría su mejilla.

—Fui yo, Sebastian… no Lila.

Negué de inmediato.

Porque cada palabra suya chocaba violentamente contra la imagen que había construido durante meses, contra la mujer que creí capaz de arriesgarlo todo por mí, contra la sonrisa que tantas veces había recordado en soledad.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé.

—Tu padre me aseguro de que quien me rescato fue Lila.

Elena soltó una risa amarga.

—Mi padre siempre hace lo que cree mejor para su hija favorita.

Apreté la mandíbula.

—No.

—Sí.

Su voz se quebró.

—Porque yo… ya estaba manchada.

Entonces todo encajó.

—¿Con quién te acostaste antes de mí?

Ella no respondió.

—Elena, responde. ¿Con quién estuviste antes que conmigo?

En cuanto terminé de hablar supe que había sido cruel.

Porque Elena se rompió frente a mí de una manera tan devastadora que sentí una punzada de culpa atravesándome.

—Lo siento…

murmuré, acercándome.

—No era así como quería preguntarlo.

Ella negó mientras sus lágrimas aumentaban.

—No… está bien…

Sus manos temblaban.

—Entiendo perfectamente que para cualquier hombre una mujer como yo ya no valga lo mismo.

—No vuelvas a decir eso.

—Es verdad.

Sus ojos encontraron los míos.

—Por eso acepté la decisión de mi padre… porque sabía que jamás me escogerías, pero por favor entiéndeme solo quería saber que sentía hacer el amor con el hombre que amo. Aunque fuera una sola vez.

Mi pecho se tensó.

—Elena…

Bajé el tono.

—Necesito la verdad.

Ella guardó silencio durante varios segundos, como si estuviera luchando contra sí misma.

Como si no quisiera traicionar a su propia sangre.

Y entonces habló.

—No sé quiénes eran.

Mi sangre se heló.

—¿Qué?

Su respiración se quebró.

—Eran hombres que frecuentaban a mi hermana… una noche entraron borrachos a mi habitación…

Mi mandíbula comenzó a dolerme por la fuerza con que la apretaba.

—Yo intenté pelear… — susurró. —Intenté gritar…

Cerró los ojos.

Sentí algo oscuro crecer dentro de mí.

—¿Y Lila?

Entonces Elena me miró y terminó de destruir todo lo que creía saber de la mujer que había idealizado.

—Durante todo el tiempo no dejaban de repetir que mi hermana les debía dinero por unas joyas…

Su voz se quebró.

—Y que yo… era la forma en la que ella decidió pagarles.

Me acerqué a ella sintiendo rabia. Tomé su rostro entre mis manos y sostuve su mirada.

—Escúchame bien, Elena…

Mi voz salió baja.

—A partir de hoy nadie volverá a tocarte sin tu consentimiento.

Sus labios temblaron.

—Sebastian…

Apreté la mandíbula.

—Y si Lila realmente fue capaz de convertir tu vida en un infierno, de usar tu inocencia para pagar un puñado de joyas —incliné la frente contra la suya, sosteniendo su mirada—. Entonces te juro por mi corona que me encargaré personalmente de que conozca, de una forma mucho más cruel, el mismo infierno del que tú has tenido que sobrevivir.

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